viernes, 8 de julio de 2022

La navajita


Cuando voy a dar paseos por el campo siempre intento acordarme de llevar mi navajita. Es muy recomendable pues te saca de mil apuros inesperados. Cortas el chorizo, un hilo o una cuerda o abres una lata que se le ha roto el abrefácil.  Sirve de tijera, sierra, abrelatas, abrebotellas y destornillador.. 

La navaja que tengo es la que me dieron en la mili y, de hecho, el título de este post iba a ser "la mili" pero seguro que si pongo este título la mitad de los 30 incondicionales que leen este blog resoplarían de aburrimiento y cerrarían la página. 

La navajita, efectivamente me recuerda a la mili. Y la mili es un ejemplo perfecto para este blog que habla sobre "ratitos de felicidad". La mili era una mierda muy grande, y sin embargo, nadie la recuerda así. No es que mientan o que estuvieran drogados todo el tiempo o que firmaran un pacto de no poder hablar mal de ella bajo pena de reclusión militar indefinida. No. No. Es que la gente cree que fue algo estupendo. Pero era una mierda muy grande. Alguno dirá que no. Que vuelva a leer este párrafo, por favor, y el siguiente. 

¿Y porqué todos, o casi todos, lo recordamos con cariño? Porque tenemos la maravillosa capacidad de guardar sólo los buenos momentos, lo que nos hizo felices. Con el paso del tiempo borras lo que no te alegró, y te acuerdas de las risas con los compañeros, las cañas al salir los viernes, o el deporte que practicabas en los ratos libres. 

Nuestra mente descarta lo gris y lo monótono y se queda con la luz, las risas. Cuestión de supervivencia, supongo. Esto mismo lo podemos aplicar a las experiencias laborales que hemos tenido o las novias con las que nos hemos ido encontrado, el colegio, la Universidad, los matrimonios presentes, pasados y futuros, o cualquier etapa vivida con amigos y familia. Cualquier tiempo pasado fue mejor, dicen. 

Pero me parece que poco a poco vamos perdiendo esa capacidad selectiva hacia lo positivo, que es más acusada cuando eres joven. La edad, si no tienes cuidado, te puede ir volviendo huraño, triste, vengativo y rencoroso. Lo que antes se olvidaba, ahora se recuerda y ensombrece el corazón. "No gano suficiente", "no me reconocen", "no me dan cariño", "no me divierto", "no consigo nada en la vida", "me equivoqué en esta decisión", "tendría que haber estudiado más". 

Me da la sensación de que a una edad empezamos a mirar demasiado al pasado, en vez de mirar al futuro, al apasionante "lo que nos queda". Y al mirar al pasado, hay que hacer un esfuerzo por recordar sólo lo bueno, lo que nos alegra el alma. Lo malo ya pasó. Seguro que hemos aprendido la lección y mírate, tampoco estás tan mal. Otros igual están peor. Sin duda. 

Abre la navaja, sonríe, sal al campo. Olvida lo que no sale como tú quieres y sigue tu camino. Estamos vivos y tenemos mucha gente que nos quiere. ¿Qué más queremos? ¿Una cervecita fresquita? Venga¡¡ 





domingo, 3 de julio de 2022

Un simple sí o no


En algunas ocasiones uno se ofrece a ayudar a otra persona, ya sea en el trabajo, con la familia, en una reunión con amigos o en cualquier otra circunstancia. Ves que esa persona necesita una mano, y ves que en ese momento echar esa mano es muy sencillo para ti, o no es tan sencillo pero esa persona se lo merece, porque te lo ha demostrado muchas veces antes y es el momento de corresponder. O porque la quieres, en las diferentes escalas y formas del amor entre personas. que es la forma habitual de hacer las cosas de manera desinteresada. 

Y uno normalmente no se pone a ayudar sin más, sino que habitualmente pregunta, para una mínima coordinación y comunicación previa, algo así como "Oye. ¿quieres que haga esto que te veo a tope?" o "Mira, me pilla de camino el super y si necesitas algo lo compro y luego te lo acerco" o "¿Te apetece tomar una caña esta tarde? Te invito encantado"

Ante esta situación, conviene distinguir el tipo de respuestas que uno obtiene. Voy a generalizar, y encima hablando de sexos, por lo que en estos momentos entro en un territorio del cual no sé como voy a salir, si escabechado o aplaudido. Posiblemente las dos cosas. 

A las preguntas anteriores o cualquier otra parecida, un hombre, en general, te responde con tres opciones:

A.- Si, tío¡¡¡ Te lo agradezco mucho y me viene fenomenal¡¡¡

B.- No, tío, Muchas gracias por el detalle pero no puede ser.

C.- Pues creo que sí, me vendría estupendo, pero déjame que me organice y te respondo en 5 minutos. 


Mucho más enriquecido y variado, por contra, es el repertorio de posibles respuestas, por lo general, de una mujer:

A.- Si, tio¡¡¡ Te lo agradezco mucho y me viene fenomenal¡¡¡

B.- No, tio, Muchas gracias por el detalle pero ya lo hago yo.

C.- Pues creo que sí, me vendría estupendo, pero déjame que me organice y te respondo en 5 minutos. 

D.- Como tú veas

E.- Lo que te venga mejor, 

F.- No quiero molestarte, que majete que eres, eres un sol.  

G.- No deberías molestarte, debes estar muy ocupado. 

H.- Uy, pero es que te viene fatal pasar por el super y ahora con este calor... (o lluvia, o frio...)

I.- ¿Dónde quieres ir tú? ¿Una caña? ¿seguro? ¿No prefieres ir a otro sitio? ¿Cual? Ni idea, el que quieras.. Bueno, no te pongas así, yo lo decía por ir a un sitio que te gustase ¿Que ya me has dicho que lo que te gusta es ir a tomar una caña? Bueno, pues si te enfadas mejor no vamos a ningún sitio...

J.- Es que me sabe fatal hacerte ir hasta allí

K.- ¿Seguro que te viene bien?

L.- Tendría que ir yo, que soy muy maniática para elegir los tomates, pero la verdad es que me vendría fenomenal que lo hicieras tú..

M.- ¿No te importa ir? Mira que voy yo en un momento..

Durante mi vida he pasado por tres fases con esto de las indirectas de las mujeres. De adolescente y joven-joven, directamente no las entendía. Si recibía un claro "sí", era si para cualquier cosa. Si recibía un claro "no" era un no evidente. Si recibía cualquier otra respuesta, mi cerebro no conocía la posibilidad de que la frase fuese una indirecta y lo que yo entendía era un "bueno, pues cuando lo tengas claro me dices". 

La segunda fase llegó cuando me dí cuenta que se me recriminaba que no había dicho o hecho algo, cuando la persona aseguraba claramente haberme pedido o dicho que lo hiciera, aunque yo no había oído ese sí. Y para colmo, la frase solía terminar con algo así como "es que los tíos sois tan simples" o "tienen el mecanismo de un botijo en el cerebro" o "pues estaba muy claro, te dije -cualquiera de las respuestas entre la D y la M-". 

En esa etapa asumía, dócil y manso, mi condición intelectual menor, porque no sabía usar las indirectas y me esforzaba por estar atento a cada frase, intentando descubrir si cuando me decían por ejemplo "¿Tú eres más de vacaciones en la playa o en la montaña?" se trataba de una pregunta trampa y si la próxima vez que la invitase a cenar debía elegir una marisquería o un mesón, a riesgo de que me respondieran "Te dije claramente que a mí el pescado no me gusta nada y me traes a una marisquería"

La tercera fase, en la que me encuentro ahora, no sé si habrá una cuarta, es la de responder a cualquiera de las respuestas entre la D y la M, con un tono un poquito seco con un "¿Que si lo hago o no lo hago?". Si la primera respuesta que obtengo no es un Sí o un No, desisto. Fin. Lo normal es que no te digan Sí o No, sino que si por ejemplo, has respondido la primera vez con la respuesta K, en esta segunda ocasión completen su respuesta con la J o la G. Todo, cualquier cosa, menos un Sí o un No. 

Me voy haciendo mayor y me agotan estas cosas. 







lunes, 20 de junio de 2022

Déjate ganar


Jugaba con mi madre a las cartas el otro día y pensaba yo que ésta mujer, con 93 años, todavía me gana las más de las veces en cada partida. Siempre me ha ganado, por lo general porque se mezclan varias circunstancias. Ella es lista y le gustan las cartas. Yo no lo soy tanto y tampoco me gustan mucho las cartas, cosa que agradezco porque estoy seguro que perder me ha evitado aficionarme al vicio del juego, que nunca se sabe dónde te puede llevar. 

Hace tiempo que dejó de molestarme perder. En realidad, perder es lo normal, lo mayoritario, lo habitual,  porque en la mayoría de las circunstancias de la vida sólo gana uno, los demás, todos menos uno, perdemos. Pero perder no es malo, si lo que has hecho lo has intentado con honradez y con esfuerzo. A veces quedar segundo no es perder, o tercero, porque detrás de ti han quedado muchos. A veces quedar segundo es brillante, porque has mejorado mucho con respecto a tu anterior intento. Puede que los otros piensen que no has ganado nada, pero seguro que tú sabes, en tu interior, que para ti el camino ha supuesto una gran victoria. Ítaca, una vez más. 

A veces ganar no tiene mérito, cuando la pelea no es equilibrada, como tirar un penalti al pequeño portero de la foto delante de esa inmensa portería de fútbol que no alcanza a defender

Pues estaba el otro día jugando a las cartas con mi madre y, para mi sorpresa estaba ganando yo. Y además con cierta holgura y facilidad.  Sus 93 años pasan factura, claro, y ya no es tan ágil ni tan capaz de aprovechar todas las cartas, de elegir la mejor opción o de cambiar el juego a mitad de partida si es conveniente. 

Llegué a las últimas dos partidas con ventaja y si las ganaba, sería el vencedor. En la penúltima partida se repartieron las cartas y la suerte me volvió a elegir. En apenas 3 ó 4 manos tenía la jugada lista para ganar. Seguí robando cartas sin mostrar mi juego, como si nada, esperando que la suerte sonriera también a mamá. Ella seguía pensando, jugando, usando esa mente para intentar encontrar la carta que le faltaba para la última escalera de espadas. Y ganó ella la penúltima partida, y también ganó ella un ratito de pensar, de jugar con su hijo, de estar acompañada, después de pasar un ratito de felicidad. 

Luego vino la  última baza y se repitió la historia. La dejé jugar, sin mucha intención por mi parte de ganar a las cartas, pero a cambio, ganaba ver su sonrisa, su sensación de satisfacción y su mirada de emoción cuando ponía las cartas sobre la mesa y se sabía vencedora. 

Si quieres un consejo de uno que pierde hasta cuando puede ganar, déjate ganar en la vida por las personas que te quieren. Su victoria será la tuya y verles ganar te hará igual o más feliz que si ganases tú. 




domingo, 12 de junio de 2022

Fin de curso


Ya están los chicos de vacaciones. 

La mayor ha terminado la Ebau y con eso ha cerrado definitivamente la puerta de la época colegial y se asoma a la Universidad. Ha pasado semanas de nervios, migrañas, tensión y dolores de cabeza. Su dulzura incansable dejó paso por unos días a nervios y algo de mal humor. El resultado oficial de todos sus esfuerzos, lo sabremos la semana que viene. Pero el resultado que a mi me importa ya lo tengo. Esfuerzo, decisión, estudios, repaso, ganas de afrontar lo que venía lo mejor preparada posible y voluntad para lograr su objetivo. 

Puede que los nervios le hayan hecho pasar un mal rato. Puede que los resultados no sean los esperados porque durante el examen el calor fuera agobiante, aparecieran dudas sobre lo estudiado o incluso un poco de pánico escénico. Eso ya lo veremos. Para mi, tu nota es un 14, sin duda. Y más si me comparo con como preparé yo mi selectividad. Recuerdo perfectamente que decidí que era imposible repasar adecuadamente todo lo estudiado en un año en apenas 2 semanas, y que, por lo tanto, lo mejor era acudir al colegio con calma, escuchar atentamente lo que me dijeran los profesores y no agobiarme. El resultado, una considerable bajada de nota. No me impidió estudiar lo que yo quería, pero no fue un ejemplo a seguir, exactamente. 

Ya no habrá más uniformes para ella. Ya no volveré a lavar y tender su falda de tablas el fin del semana para que la tenga limpia el lunes. No más jersey rojo con el escudo del colegio guardado en su cajón. Se acabaron definitivamente y para siempre los momentos emocionantes en las fiestas de fin de curso, los regalos del día del padre con plastilina y los cuentos antes de dormir. Ahora tengo como hija a una universitaria, adulta, capaz y madura. 

El pequeño también ha acabado el curso, y lo ha terminado bien. Dicho así parece poca cosa comparada con la aventura de acceso a la Universidad de su hermana. pero para mí tiene el mismo mérito. Para él estudiar es complejo, porque no es fácil concentrarse y, sobre todo, comprender y aceptar la necesidad de estudiar cosas que le aburren, que no quiere entender. Es muy crítico con muchas cosas y enseguida valora para bien o para mal. "Be water my son" pienso, pero él no es agua. No. 

Todo eso le complica la labor del estudio, de concentración, de motivación. Y sin embargo, pese a todo, cumple con su tarea, con su deber, aprueba con notas y se deja un verano limpio, con casi tres meses por delante para no volver a pensar en esas cosas que tanto le aburren. 

El año que viene será diferente, seguro. Un poco más maduro, un poco más cerca de estudiar lo que elija y no lo que le impongan, un poco más cerca de ser más dueño de su destino. 

Todo en ellos dos es diferente: la edad, el género, las motivaciones, el comportamiento social. Y sin embargo, se necesitan y se quieren. "Queremos estar juntos, pase lo que pase". La piscina ya está abierta, los amigos esperando abajo cada tarde, en el muro. Barcelona y los primos también y Málaga, como siempre, nos brindará alguna que otra aventura. 

Se avecinan días de verano, días de calor, mañanas de playa y noches frescas de luna. Y todo eso con 15 y 17 años. ¿Quién se apunta?  




miércoles, 25 de mayo de 2022

El Alta

 


Hace 8 años y 6 meses, allá por diciembre de 2013, el pequeño entraba en el hospital. Apenas 24 horas antes le habían llevado al ambulatorio, ese de la Seguridad Social, ese que es fácil criticar y acusar de ineficacia o masificación. Los síntomas, a ojos de sus padres parecían algo así como un catarro, con algo de fiebre y un dolor de tripa, nada importante, como tantas otras veces, pero la doctora levantó la ceja y no se fió. Prefirió ver una analítica, porque algo había que no cuadraba. Al día siguiente estaba internado en el hospital, con muchos meses por delante de lucha contra la leucemia. 

Yo le había visto casi nacer. Hijo de uno de mis 5 mejores amigos, de los que se cuentan con los dedos de la mano, tiene la misma edad que mi hijo. Han compartido guardería, en la misma clase, jugado cientos de veces, con muchas aficiones y muchos momentos compartidos. Le pasó a él. Nos podría haber pasado a cualquiera. 

Allí estaba él, con apenas algo más de 5 años, y allí estaban sus padres, mirando con ojos atónitos y el corazón encogido esa película de terror que la vida les había presentado de imprevisto, como viene casi todo lo importante en la vida, lo bueno y lo malo, sin avisar. 

Vinieron meses en que los padres se convirtieron en la pareja "Dr jeckyl y Mr Hyde", con dos caras completamente diferentes cuando estaban acompañando a su hijo y cuando no le tenían delante. Con una sonrisa y todo el cariño del mundo cuando le hacían compañía y con otro aspecto bien diferente fuera del hospital. 

Fuera del hospital él miraba siempre hacia abajo, con la mirada perdida y la voz escasa. Su enorme alegría y las ganas de divertirse que le habían acompañado siempre estaban guardadas en un cajón, esperando mejores momentos. Ella tampoco estaba alegre pero, sin embargo, transmitía un envidiable optimismo. Estaba convencida, porque así ella lo había decidido, que todo iba a salir bien y que su hijo superaría esa prueba, que entraría en el porcentaje de los que salen adelante, porque ese porcentaje existe. 

Y también estaba su hermana mayor, apenas un par de años más. Mirando la tristeza de sus padres, su preocupación y sintiendo la ausencia de su hermano. 

Fueron pasando los meses. No news good news. Cada día más era un día ganado en la batalla. Fueron pasando los meses. No conozco al detalle los vaivenes que sentirían, los mensajes optimistas o pesimistas que iban recibiendo de los médicos. Cuando les veías te daban un parte escueto y luego intentabas hablar de otra cosa. Sabías que a ellos no les importaba nada en esos momentos el fútbol o mis problemas en el trabajo, pero intentabas distraer.

La primera gran batalla se ganó y el niño puedo salir del hospital, muchos meses después. Vino el alta hospitalaria pero no el alta médica definitiva. Siguió el proceso con medicación en casa, ciclos, revisiones, pruebas. Cada vez se visitaba menos el hospital, pero sólo los que han convivido con esta enfermedad saben lo que se siente cuando te toca la revisión semestral, y esos días de incertidumbre entre que te hacen la prueba y te dan los resultados. 

Hace dos días nos anunciaron a todos que por fin, 8 años y casi 6 meses, después, 101 meses, más de 3000 días, ya tenían el alta definitiva. Se acabaron las revisiones, se acabó volver al hospital. Se acabó la pesadilla. 

Sólo ellos saben todo lo que han sufrido, pero quizá también, con este final, también sólo ellos pueden valorar lo que han sentido con esta noticia, y todo lo que han aprendido durante el terrible camino, lo que ahora para ellos es importante, lo que les ha unido y la nueva perspectiva de la vida, de lo que es tener un ratito de felicidad cada día. 

Enhorabuena a los cuatro y gracias por el ejemplo dado. 


martes, 10 de mayo de 2022

Lotería o desgracia


Hace algo más de 15 años compramos la casa en las que hemos vivido estos últimos años. En esta casa he disfrutado miles de momentos maravillosos con mi familia y mis amigos. He visto sobre todo crecer a mis hijos, que a veces me han hecho llorar de emoción por sus espontáneas muestras de amor, me han hecho reír con su humor primero infantil y luego adolescente,  y a veces me han hecho gritar de desesperación, en muchos momentos en los que se me hacía un mundo la tarea diaria de educarlos, llevarlos, traerlos, vestirlos, bañarlos, darles de comer y sacarles de paseo. 

La mayor entró aquí con apenas 2 añitos y el pequeño nació aquí. Hemos disfrutado tantas primeras experiencias con ellos y de ellos que harán estas paredes irrepetibles. Fiestas de cumpleaños con personas tan queridas y con abuelos que ya no están y fiestas de pijama con amigos que van y vienen, pero que van dejando ese granito de arena en la construcción de las dos personas que más quiero. 

Y en esta casa también he pasado alguno de los momentos más tristes de mi vida, como cuando les tuve que decir cosas que no pensé nunca que tendría que decirles, y que me hicieron llorar al ver su cara, primero de incredulidad, luego de miedo y después de tristeza. Gracias a Dios creo que hemos hecho, y estamos haciendo, todo lo posible para que ellos estén en el centro de nuestras decisiones y que las cosas sean lo mejor para ellos. Lo creo firmemente y espero no estar equivocado. 

Cuando compramos estas casa, hace algo más de 15 años, yo solía decir, convencido de lo perdurable de mi estado de felicidad, que de aquí no me sacaban si no era por "lotería o por desgracia", seguro de que sólo una lluvia de euromillones o el final de la vida me podrían hacer abandonar esta hogar. Sin embargo, como en tantas otras veces, la vida, que es eso que te sucede mientras haces planes para el futuro, me ha demostrado que estaba confundido, que sólo era otra etapa que ya ha terminado, y que hay que pasar página. 

Y ahora que hemos comenzado el proceso definitivo para abandonar este hogar, ellos me dicen que vaya donde vaya a vivir, ellos quieren estar conmigo el mayor tiempo posible y que no quieren verme un fin de semana cada dos. Y que vendrán juntos, porque quieren estar juntos. 

Y en esta casa, me sucedió una vez que cuando terminaba de contarles el cuento de los tres cerditos, uno me dijo una noche, con apenas 4 años: "papá, abrázame para que me duerma, que tu abrazo es el cinturón de seguridad para viajar al otro día". 

Todo esto me llevaré. Miles de momentos que no volveré a vivir en otro sitio. En otro sitio viviré otras cosas, con ellos y con otras personas, que me quieren y me hacen feliz. Preparado para lo que venga, con el corazón abierto y dispuesto a vivir "nuevas primeras veces". 



lunes, 2 de mayo de 2022

Los novios


Me comenta un amigo que ayer, con eso de celebrar el día de la Madre, se reunió a comer la familia y como los hijos van cumpliendo años, vinieron acompañados de sus parejas. Me resisto a llamarles novios, aunque el titular de esta entrada sea ese, porque novios, novios, lo que se dice novios, lo eres el día la boda. Antes no y después, tampoco.  

Lo primero que me viene a la cabeza es ¿porqué vienen a tu casa? ¿No tienen madre? Pobrecitos, que desgracia y que coincidencia, que dos chicos tan jóvenes y de familias diferentes sean huérfanos. "Si, si la tienen", me responde. ¿Y entonces? ¿Cual es la necesidad? Además de hacerle un feo enorme a sus madres, son ganas de estar con apenas 20 años mirando la cara a un montón de desconocidos. 

Me veo yo en esa tesitura o parecida en un futuro no muy lejano y la verdad es que no sé que cuerpo se me queda. Una persona como yo, con tendencia innata al fracaso en el amor, mira cuanto menos con recelo esto del amor juvenil. No digo que no lo tengan que vivir, disfrutar, experimentar y celebrar mis hijos, por favor, si es de las cosas más bonitas de la vida, pero no puedo evitar un cierto mirarlo con un velo de desconfianza. ¿Cree el ladrón que todos son de su condición? 

Mi amigo me decía que intentaba no "cogerles mucho cariño" porque igual desaparecen en unos pocos meses y los echas de menos. Me pareció que hablaba más de un hamster que de una persona, pero no le faltaba razón. Los hamster duran poco y no se hacen querer mucho, como las parejas juveniles de tus hijos. 

Tampoco conviene conocerlos en profundidad, proseguía mi amigo, porque al final les pones una nota, una calificación, un juicio y algún prejuicio. Y eso, tarde o temprano se te nota. Se te nota que no te gustan nada o que te gustan mucho, y eso podría afectar a la relación con tus hijos, que son los que verdaderamente importan. Si le hace muchos cariños a tu hija, es un sobón, pero si no le hace ninguno, es un chulo. Si habla mucho es un listillo, pero si no habla nada es un "singracia". Complicado encontrar el término medio correcto.

Además, si les pones nota, y luego cambian a otra pareja unos meses después, seguro que como todo en la vida, cualquier tiempo pasado será mejor y el actual te parecerá mucho peor que el anterior, algo que no traerá nada bueno. 

Hasta hace nada estaba yo en el otro lado, o así me lo parece. En el papel del novio, en el de ir a la casa de los suegros, poniendo mi mejor sonrisa y educación, para causar una buena impresión, y ahora me veo en el otro lado, en el del padre vigilante, taimado, escondido, agazapado, como un cazador, dispuesto a valorar cualquier comentario, gesto o actitud. 

En cualquier caso, hijo, hija, no me hagáis caso. Traed a casa cuando queráis a vuestras parejas, que yo no soy nadie para comentar si está bien o mal, si es bueno o malo, si es lo que te conviene o no. La vida son etapas, y hay que vivirlas al máximo, aprovechando todo, todo, todo. Yo lo hice y lo sigo haciendo, y ni vuestra abuela ni vuestro abuelo jamás me dijeron nada, pensaran lo que pensasen. Me querían, como yo os quiero. Silencio, respeto y mucho amor. 


jueves, 31 de marzo de 2022

El colegio


Mi hija acaba este año el colegio y se adentrará ya de forma completa, aunque ella ya lo es hace tiempo, en el mundo de los adultos, en la Universidad. Deja atrás la protección de su colegio, con profesores que velan por ella tanto en lo académico como en lo personal, y verá que fuera la cosa es diferente, que eres un nombre más en una lista, de los muchos nombres que llenan muchas listas durante muchos años para muchos profesores en la Universidad. Espero que se encuentre con algún profesor diferente, de esos que hacen otras cosas, que disfrutan de su profesión. Y espero que ella sepa darse cuenta de esas oportunidades y aprovecharlas. Yo no lo hice. 

Y viendo como ella acaba el colegio, me acuerdo del mio. Corazón de María 1. Colegio Claret Madrid. No tengo un sólo mal recuerdo de los 15 o 16 años que pasé allí. Igual sí que hubo momentos tristes, pero la inocencia de la infancia alguna veces o las ganas de recordar sólo lo bueno, hacen que no permanezcan en mi memoria. No es el mejor colegio de Madrid según esas listas que se publican cada año, pero sí fue el mejor colegio para mí. 

El colegio me ofreció todo lo que yo con mi edad necesitaba para crecer feliz y de la forma más completa posible. Aprendí a tocar la guitarra y encontré decenas de personas que también lo hacían. Encontré aún más gente que le gustaba cantar. Encontré unos valores que igual ahora se me hacen ñoños, pero me mantuvieron apartados de lo malo que tenían aquellos años un Madrid vivo, alegre, protagonista de la Movida, pero también con mucha jeringuilla y muchas papelinas. Yo jamás vi liar un porro a nadie hasta que llegué a la Universidad ni emborracharse a ningún amigo. ¿Ñoño? Puede ser, pero desde mi perspectiva actual de padre, lo valoro sobremanera. 

Encontré profesores y sacerdotes que se preocupaban por hacerte una persona íntegra, con la complejidad de lidiar con clases de 42 o 43 alumnos, pero lo intentaban. 

Encontré una Parroquia en el mismo colegio en la que podía reflexionar, pensar sobre lo que hacía bien o mal y, sobre todo, relacionarme con chicas, tener amigas que aún hoy conservo y que supongo que leen este blog. Cuando el colegio era solo para chicos, esto era muy importante para un crecimiento y desarollo normal. Un ambiente lleno de canciones, de fiestas, de salidas a la montaña, de tiendas de campaña, de pañoletas rojas y azules, de juegos y de oración. 

Cuando se entra a Madrid desde la A2, el 99% de las personas se quedan admiradas mirando sorprendidas la increíble arquitectura de las Torres Blancas de Sáenz de Oiza. Yo miro justo detrás, con una sonrisa tonta en la cara, llena de añoranza y gratitud, a mi colegio.  



sábado, 26 de marzo de 2022

Tres deseos


Entro en una red social y veo un post que me invita a elegir cuales serían mis tres deseos, en caso de encontrarme con el genio de la lámpara. Nunca lo había pensado, la verdad. En la vida no se te concede nada de forma inmediata y gratuita, al menos desde el momento en el que dejas de creer en la magia y te empiezas a pagar tu mismo tus facturas. Antes si, claro. Pero de eso hace ya mucho tiempo. 

No había hecho jamás el ejercicio de imaginar algo así. Sí que había imaginado que haría con el premio de los Euromillones, pero eso abarca sólo cómo gastar-invertir-donar dinero, sólo el dinero. Lo del genio lo abarca todo, así de repente, tiene el poder de cambiar el futuro, el pasado, la realidad, las leyes de la lógica y del tiempo. Es mucho más. Igual de ficticio e imposible que lo de los Euromillones (la probabilidad, ya sabes,..) pero sin duda mucho más interesante. 

Y estos son los deseos que me surgieron, los primeros, los naturales, los genuinos. 

1.- La felicidad y bienestar de mis hijos. No se me ocurre otra cosa que me importe más que saber que mis hijos van a tener una vida feliz. Feliz con sus ratitos de felicidad y sus ratos de mal rollo. La vida siempre te trae malos momentos, eso es inevitable, pero incluso en esos momentos se puede aprender para el futuro, sacar experiencias, saber quién realmente te quiere o simplemente fortalecer el espíritu. Una vida razonablemente normal, con mucho amor, pero no amor del que se recibe, sino amor del que se da, del que sale de uno mismo, con generosidad y sin límite. Que sean capaces de dar mucho amor siempre a los que les rodean. La Felicidad no es recibir cariño, es darlo. 

2.- Vivir de escribir libros. Siempre he querido vivir de escribir. Las personas que me han querido y me conocen siempre me han animado a ello, pero nunca he tenido la constancia suficiente para escribir algo más extenso de dos hojas. Tengo la habilidad, pero no el carácter. Tampoco sé si hubiera llegado a ser un buen escritor, quien sabe, quizá cuando me jubile tenga tiempo. Hoy por hoy, con estas entradas en este blog y la sonrisa del lector, de mis amigos, cuando lo leen, tengo suficiente. 

3.- Tocar bien la guitarra. Pero bien, bien. En la pared de mi habitación hay 5 guitarras colgadas, y allí están, colgadas, sin que nadie las descuelgue. Siempre pensé que no tocaba bien la guitarra porque no había tomado clases en serio, pero que si un día me ponía, seguro que lo haría bien. Desafortunadamente, pude cumplir el sueño y recibir clases, para darme cuenta de que no es así. Lo que puedo hacer con la guitarra hoy, con 53 años, ya lo sabía hacer antes de cumplir los 18. Lo que Dios no da, Salamanca no presta. Pero por pedir al genio, que no quede. 

¿Y cuales serían tus deseos? 



 

sábado, 19 de marzo de 2022

El día del padre

 


Me pongo a escribir del "Día del Padre" y la primera duda es decidir si hablo de mi experiencia como padre, si hablo de mi padre, o hablo en general de los padres. No me gusta escribir mucho, que el lector de este blog tenga la sensación de que le ha sabido a poco. Así yo no pienso en exceso y el lector no descubre que en el fondo tampoco tengo tanto que contar. Elijo hablar de papá. 

Hace mucho que ya no estás, pero estás. Sigues aquí porque te recordamos y te seguimos queriendo como te queríamos aquel puñetero 12 de enero. Uno nunca se marcha mientras existan personas que te recuerden y te quieran. Pero para que te recuerden hay que trabajar mucho, dar mucho, querer mucho. Como tú hacías. 

Tengo la total seguridad de que los hijos no nos damos cuenta de todo lo que hacen nuestros padres por nosotros y en tu caso y el mío, no se rompe la regla. Y eso que considero que siempre te quise, te lo demostré y te respeté, con total cariño y agradecimiento, pero la balanza de un buen padre siempre pesa más, siempre, por mucho que el hijo te honre. 

Cuando no estás es cuando te das cuenta de lo que valía la presencia, el buen humor, la paciencia, el sacrificio siempre poniéndonos por delante a nosotros, la risa a carcajadas viendo los dibujos animados del CorreCaminos, los besos al entrar y al salir de casa, las comidas los fines de semana, los abrazos con los goles de atleti, tus lágrimas en mi boda, tu cara de preocupación por mis problemas, tu orgullo cuando algo me salía bien,...

Cuando vivías no buscaba tu consejo, apenas te contaba nada, muchas veces por no preocuparte, claro, y desde que no estás, no hay mes que no piense en que si estuvieras aquí te preguntaría qué hacer en esto o en lo otro. 

Mamá cuenta que al llegar a casa te decía las cosas malas que habíamos hecho para que nos regañases, y tu siempre respondías "Alfonsa, que yo llego a casa a estar feliz con vosotros, no a regañar por cosas que han pasado hace horas". A estar feliz, tranquilo, alegre. Con tus prontos y tus enfados, como los tenemos todos, pero alegre, en tu casa, con tus hijos y tu mujer.  

De vez en cuando me sorprendo llorando desconsolado, como lloré aquel maldito 12 de enero en el que te fuiste de repente, sin molestar, sin avisar. Te marchaste para que todo fuese rápido y pudiésemos seguir, mal que bien, con nuestras vidas. Sin ser una carga, sin tenernos meses preocupados, viviendo en un hospital. Y lloro porque no te dije mil veces más que te quería, aunque te lo hubiese dicho mil millones de veces ya. 

Te quiero papá. 

 





lunes, 7 de marzo de 2022

Las prisas

 

No me gustan las prisas. No creo que le gusten a nadie, y creo que no aportan nada de felicidad a casí ninguna persona. Buscando una imagen para ilustrar este post me he encontrado con decenas de entradas de blogs de psicología, gestión empresarial o educación infantil, entre otros muchos, que dicen lo mismo. 

Yo no soy un experto en psicología y no me voy a copiar los buenos consejos que he encontrado en otros lugares, escritos por personas que saben más que yo. Como suelo hacer, intentaré llevar a mi experiencia personal lo malo que me han traído las prisas.  

Mis hijos. Quizá la peor experiencia que he tenido con esto ha sido la necesidad de "meterle prisa" a mis hijos cuando eran muy pequeñitos. Los niños no entienden de prisas ni horarios y los padres, a contra-reloj por las mañanas para llegar a tiempo a todos los sitios les forzamos constantemente para que no nos hagan llegar tarde. Es un ejercicio contra su naturaleza, que no entienden y del que se quejan, pero sobre todo, me culpo por incluirles ya en ese círculo vicioso de las prisas, de la necesidad de hacerlo todo rápido, antes, ahora, ya, sin saber muchas veces porqué. 

El metro. Estudiando la carrera estábamos 3 amigos de Madrid y uno de un pueblecito de Sevilla recién llegado a Madrid y entrabamos en la estación del metro, dispuestos a pasar una tarde sábado lo mejor posible. Entrando vimos un convoy estaba ya estacionado a punto de cerrar las puertas. ¿Qué hicimos todos los de Madrid? Correr como locos y gritar al sevillano, ¡venga correo que se marcha! Una vez que logramos entrar en el tren, y recuperamos la respiración, nuestro amigo nos preguntó ¿Porqué hemos corrido? y todos le dijimos ¡Para no perder el tren! y el nos preguntó ¿Pero era el último? Eran las seis de la tarde. No supimos que responder. Nos miramos como idiotas.

El chiringuito. Si te sientas a tomar unas sardinitas en un chiringuito en Málaga es para disfrutar. Disfrutar del tiempo, de la compañía, del mar, de la playa, de las vistas, de los cuerpos y de todo lo que te pongan en un chiringuito, es decir, tu cervecita, tu tinto de verano, todas las cosas. Pero el hombre con prisas no sabe disfrutar y sólo se enfada con el camarero (un chico con contrato eventual, joven y sin experiencia) porque hace 15 minutos que ha pedido el espeto y no ha llegado. Algo inaceptable en el mundo perfecto de la urbe capitalina, pero que no entienden en lugares donde las prisas no son bien recibidas. 

La cola del super. He convivido con esa extraña necesidad de ponerme en la cola de las cajeras del super que creo que antes van a terminar. Calculo personas esperando y el tamaño de sus compras, edad de la cajera, y otras variables que me hacen elegir siempre, no la que tengo más cerca, sino la que seguro que va a tardar menos. He dedicado 10 minutos a elegir qué queso era mejor y otros 15 minutos en pensar si es mejor la leche con calcio o sin calcio, pero si en la cola de la caja la cajera no trabaja con la eficiencia que se le exige a Ferrari cambiando las ruedas en un gran premio, mi cerebro cree que va a estallar. 

¿Tienes ejemplos como estos para compartir y darte cuenta de lo absurdo muchas veces de nuestro comportamiento? 

Ojalá que un día pueda decir con total seguridad que "no tengo prisa ni quien me la meta". 

lunes, 28 de febrero de 2022

Estar con quien te quiere

 


Podríamos pensar que con la que está cayendo es muy complicado encontrar ratitos de felicidad. Que si una guerra en Europa, que si el precio de la gasolina y de todo lo demás, que si la pandemia que parece que ya se ha ido pero sigue con nosotros, latente...

Pues no. Existen ratitos de felicidad siempre que estemos con las personas que nos generan esos ratitos y esas situaciones en las que "no nos hace falta nada más". En la voluntad de cada uno está ponerlos por delante, lo primero, lo principal o dejarnos vencer por lo externo, lo grave, lo terrible. 

En el fondo, es decisión de cada cual decidir si sólo sufrimos por lo que no podemos cambiar, por lo que nos es inalcanzable (una guerra, una pandemia, la economía, etc...) o nos dedicamos a disfrutar también, un poquito, un ratito, de lo que sí está en nuestra mano, en lo que nos toca cada día, de nuestras aficiones, de nuestras personas, de nuestros lugares. 

No estoy pasando por buenos momentos, y supongo que casi nadie lo hace. Las sombras son muy negras y muy altas. Pero también, que caramba, hay luces maravillosas. 

Ella ha cumplido 93 años hace poco, y él, unos exultantes y maravillosos 15 años. 

Ella no pierde las ganas de estar con su familia, de celebrar su cumpleaños rodeada de nietos, de ir a la playa, de leer y de contarnos historias que hemos oído mil veces, pero que escuchar son una delicia. Ella sigue abrazando y diciendo que me quiere y yo también sigo diciendo "te quiero mamá" y ella todavía lo escucha. Maravilloso. 

Él me saca la cabeza con sus 15 años, no es difícil, hace mucho deporte, es muy listo y muy divertido, le encanta la comida sana y no para de leer. No lee mucho en papel, que se le va a hacer, sobre todo lo hace en la dichosa pantalla, pero alguna cosa buena tendrá. No me acuerdo como era yo con 15 años, pero en él veo algo maravilloso, lleno de vida, de inteligencia, de futuro. Él a veces no lo ve. Pero es tan evidente...

Mi momento actual me pide estar con los amigos que me llevan al monte, al campo, a la naturaleza, a huir de la ciudad y de la misma habitación. Aire, vistas, cielos, nubes, pájaros, senderos, conversaciones nuevas y tranquilas, esfuerzo, sudor y piernas cansadas. Momentos maravillosos y esa sensación de pensar "menos mal que no me he quedado en casa, mirando el móvil, haciendo nada de nada". Elijo pasar tiempo en otras casas, rodeadas de campo, de árboles, de agua, de fuego de leña. De calor. 

Ante las sombras altas y negras, elijo estar con los que me quieren. Esto parece evidente pero a veces no lo hacemos. A veces estamos con gente por costumbre, por inercia, por obligación. O estamos solos, cuando no queremos estar solos, algo que se puede evitar con una llamada, con un mensaje. 

Si quieres verme, dímelo.    

 


martes, 15 de febrero de 2022

Ayudar


Esta semana estoy buscando y disfrutando los ratitos de felicidad, como hago siempre. Los veo en los demás y los vivo yo también en primera persona. Veo sonrisas de otros y veo las mías, vivo y disfruto las ilusiones por nuevos proyectos de personas queridas, siento los abrazos que me dan, aprovecho los ratos libres para dar esos paseos por el campo que tan buenos son para el alma y para el cuerpo. Siempre hay ratitos de felicidad. 

Pero en ocasiones esos ratitos son más efímeros, más leves, porque sientes algo que te preocupa y no se va nunca del todo. Si tienes a alguien que quieres mucho y que no está bien, tu felicidad es menos felicidad inmediatamente. La sonrisa dura menos tiempo en tus labios y el corazón se encoje un poquito cuando recuerdas lo que le pasa a esa persona. 

Y lo peor es cuando no sabes cómo ayudar. Hay ocasiones que eres consciente de que no puedes ayudar, porque no está en tu mano, porque no eres médico, porque no tienes los recursos necesarios para evitar la situación que se viene encima, o por mil razones más. 

Pero hay veces que piensas que sí podrías ayudar, porque esa persona está triste y te dices "con lo que yo la quiero, seguro que con mi cariño logro ayudar, arrancar una sonrisa, inventar un plan que ilusione, sacarle de la habitación y la apatía". "Si pienso un poco, con todo lo que la conozco, seguro que encuentro algo que le provoque un ratito de felicidad" 

Pero como me decía un sabio "no sirve querer". Por mucho que quieras ayudar, si la otra persona no se deja, o no puede, o no quiere, es que no puedes hacer nada. Sólo puedes estar allí, intentar planes, inventar posibles buenos momentos y ver cómo los rechazan, porque no quieren. E intentar no enfadarte con el mundo, para que esa persona no se sienta mal, o incluso peor, por rechazar tus planes o verte enfadado, porque la otra persona también te quiere. No vayamos a hacer mayor su tristeza. 

Y es bastante terrible vivir algo así, porque sigues pensando que tú puedes hacerle sonreír, como lo has hecho tantas veces anteriormente, y quieres que vuelva la mejor versión de esa persona, con su comida favorita, con su música favorita, con un chiste, con un regalo, con lo que sea, pero no funciona. 

Intentaremos sustituir impotencia y bloqueo por paciencia y cariño.  


  

martes, 8 de febrero de 2022

El silencio


Me invita una amiga al teatro y resulta que el título de la obra es "Silencio" y luego me entero que se trata de un monólogo de casi dos horas. ¿Un mimo? Es lo primero que se te ocurre, aterrorizado. Pero luego ves que el autor es Juan Mayorga y todo parece más razonable con un autor de garantías. 

La obra, excelente. y Blanca Portillo, impresionante. Hace tiempo que no me enfrentaba a un texto tan culto y lleno de mensajes, sensaciones y sentimientos. Cuando estás pensando en la profundidad de la frase que acabas de escuchar, te has perdido las dos siguientes y su mensaje. Teatro puro, hablando del silencio. El teatro es palabra, fundamentalmente, pero es necesario, importante e imprescindible el silencio, sí, para expresar pena, dolor, emoción, alegría. Cuando los actores callan, el espectador solo mira, cierra sus oídos y son los ojos y el corazón los que se vuelven protagonistas. Como en la vida, exactamente igual. 

En la obra se citaron miles de referencias a frases célebres y refranes sobre el silencio. Desde "Mil veces me arrepentí de mis palabras y ni una sola de mis silencios" hasta "El silencio de los corderos", pero a mi me llegó una, especialmente, que me conecta con este blog y su ratito de felicidad. 

No recuerdo el texto exacto pero decía algo así como que "sobre todo, el silencio, el propio, es necesario para escuchar las palabras de los otros". Cuando escuchamos a nuestro hijo decir que nos quiere, lo escuchamos porque estamos en silencio. Si tu madre te dice que eres la mejor hija del mundo, lo escuchas porque estás en silencio. Cuando ves las lágrimas del otro, abrazas, callas y esperas. Si quieres aprender algo de alguien, debes estar en silencio. Cuando me siento para escribir este blog, debo estar callado, concentrado, en silencio.

Estar en silencio es el primer paso necesario para escuchar al otro, al que te quiere o al que no. Estar en silencio no significa que no tengas nada que decir, sino que aceptas que en ese momento, la otra persona es más importante, necesita tu mirada, tus manos, tu tiempo, pero no exactamente necesita tus palabras. Silencio es respeto. 

Los hombres, el genero masculino, yo el primero, solemos tener la necesidad de responder inmediatamente cuando alguien nos cuenta un problema, dar un consejo, proponer una solución, con nuestro eminente sentido práctico de la vida, con la mejor intención de ayudar a que la otra persona supere el mal momento. Sin embargo, muchas veces, la otra persona no necesita el consejo, también puede llegar a la misma conclusión que le propones, no es torpe y ni tú el más listo, sino que necesita de tu silencio, tu mirada, tus manos y un abrazo. O simplemente una sonrisa. 

Ya llegará el momento de hablar, o no. 


miércoles, 26 de enero de 2022

Las madres de los amigos

 



Las madres de mis amigos, cuando yo era adolescente, no se parecían para nada a la de la película "El Graduado" aunque posiblemente yo si me pareciera bastante al personaje de Dustin Hoffman. El realidad las madres de mis amigos se parecían bastante a mi madre. Trabajando en casa como única ocupación, siempre atentas cuando sus hijos traían visitas a casa, siempre dispuestas a preparar la merienda, a preguntarte por tu familia y a lucir siempre una permanente sonrisa. Las que trabajan también fuera de casa eran la excepción y siempre por motivos de fuerza mayor, habitualmente viudedad. Las cosas han cambiado mucho, pero mucho, mucho. 

Pero las madres de mis amigos ahora también son como mi madre, ancianas. Ayer hablaba con uno de mis amigos de entonces y me contaba la situación actual de su madre. Con un 100% de incapacidad y viuda desde hace tiempo, ahora son los 4 hijos los que se esfuerzan en organizar su cuidado. Su marido, también bastante mayor, la cuidó 24 horas al día durante muchos años, pero falleció repentinamente. 

Ella lleva muchos años en una cama, en el salón de su casa porque es el único sitio donde caben esas camas articuladas. Muchos años sin contacto con la realidad. Pero como este blog se llama "Un ratito de felicidad" no puedo evitar acordarme de ella cuando la conocí, hace pues como casi 40 años. 

Ella tuvo cuatro hijos, dos chicos y dos chicas. Los cuatro son educados, simpáticos, inteligentes, responsables, buenos y divertidos. Tienen sus cosas, como todos, pero parece que hay que rascar bastante para encontrar algo que no sea positivo. La tarde que venía alguno de ellos en la pandilla era diversión asegurada, inteligencia, simpatía creatividad, siempre. Y cuando los cuatro son estupendos, es que algo harían bien sus padres. El que escribe este blog ya tiene algunos años de carrera de padre y sabe lo que dice. Esas cosas no salen por casualidad. Si brota cariño, diversión y optimismo entre tus hijos, es porque has sembrado eso mismo cada día. Y aunque lo hagas, no siempre es seguro el resultado. 

Ella y su marido eran la perfecta imagen del matrimonio tranquilo, simpático, feliz. Ella era tan parecida a mi madre, a tantas madres de entonces, que por ser algo tan habitual no valoramos su sacrificio, su entrega, su permanente sonrisa, su constante actitud de servicio. Nunca una palabra que no fuera cariñosa, jamás. 

No por evidente, no quiero dejar de decir que hace años había padres y madres que no eran así, como sucede ahora, que sigue habiendo de todo, como en botica.  

Yo no la he visto en esta última época. Conozco los esfuerzos de sus hijos por cuidarla, por atenderla, que son siempre complicados. Pero cuando hablo con ellos la recuerdo feliz, tranquila, en su casa, en la misa de los domingos o en la bodas de sus hijos. 

La recuerdo con una sonrisa permanente, el delantal en la cintura y un corazón enorme.   



lunes, 17 de enero de 2022

Eres Papá Noel todo el año


Uno de estos "memes" divertidos que nos llegan a cientos en cualquier época del año resumía que la vida se divide en cuatro etapas, a saber: 

  1. Crees en Papá Noel. 
  2. No crees en Papa Noel. 
  3. Eres Papá Noel. 
  4. Te pareces a Papá Noel  
El pensamiento es muy divertido y además, muy exacto. Si en vez de Papá Noel decimos Reyes Magos pues también tiene su gran parte de verdad, al menos para la mitad masculina de la población. Las mujeres no se parecen nunca a Papá Noel, claro está, pero como símbolo nos vale. 

Evidentemente el que escribe ya ha llegado a la última etapa. No es que yo sea un anciano de años incontables, sino que el color de mi barba y mi cabello es más blanco de lo que quisiera. Y si nunca me dejé barba porque no me favorecía, con el color blanco ya la opción queda totalmente descartada. Si antes me hacía parecer más grueso, ahora además me hace parecer mucho más mayor. 

En cualquier caso, para lo que nos interesa, lo cierto es que he llegado a la cuarta etapa, la última, que espero que dure muchos cientos de años, como le está sucediendo al verdadero Papá Noel. Se me antoja más sano echar la vista atrás y recordar etapas anteriores que caer en el pesimismo de que son menos los años que quedan que los ya vividos.  Además, si nos fijamos en los "Papá Noel" que somos o tenemos alrededor, veremos que son un poco el reflejo de nuestra vida, de nuestra forma de ser el resto del año. 

1. Mejor es recordar los años en los que creías en la magia, en todas sus formas, y que el mundo es mucho más de lo que ves. Creer en que todo es posible, incluso y sobre todo lo imposible. Y creer que, si eres bueno, eso va a tener su recompensa. ¿Te has portado bien este año? Entonces tendrás los regalos que has pedido. Creer que todos somos buenos y que las personas que te quieren te van a querer siempre, y van a estar siempre a tu lado. Confías y crees. 

2. Los años en que no crees en Papa Noel pero todavía no eres Papá Noel son esos años extraños, en los que no eres humano, sino adolescente. Hay tanto por descubrir, aunque ya sepas que no existe la magia, hay tanto por comprender, por conseguir, que no necesitas regalar ni que te regalen nada, porque tú lo sabes todo. Y lo que no sabes aún, desde luego no te lo van a enseñar los de siempre, esos que ponen normas y te dicen que quizá no lo sabes todo y que quizá escuchar es mejor que girar la cabeza y cerrar la puerta de tu cuarto. Es la etapa menos bonita, pero es necesaria, 

3. Ser Papá Noel es la etapa mas larga y tienen muchas opciones y niveles, como en la vida. 

Puedes ser un Papá Noel inexistente, perdido, vago, ajeno, que se esconde dentro de frases prestadas para no ayudar, regalar, querer, estar, con los demás. "Yo no creo en la Navidad", "Ella no me entendió nunca", "Nunca me llama él, siempre tengo que hacerlo yo"... Ser así es una opción, claro. No regalas nada, ni material ni inmaterial. Ni en Navidad, ni el resto del año. 

Puedes ser un Papa Noel, por compromiso social, con prisas, por cumplir. No es que no les quieras, es que estás muy ocupado, tienes cosas mucho más importantes que hacer. Algunos de estos Papá Noel intentan compensar el tiempo no dedicado con el valor del regalo, que lo material eclipse lo inmaterial. Ya tendré tiempo para ellos, para los amigos y la familia, cuando me jubile, cuando no sea todo tan importante, todo, menos ellos. 

También puedes ser un Papá Noel que no sea Papá, sino niño. Un niño grande que quiera transmitir y devolver el cariño y los regalos recibidos de otros, en otros tiempos. Un Papa-Niño Noel que quiera crear momentos especiales, transmitir, abrazar, sonreír y ser recordado. Llamar sin esperar a que te llamen, preguntar sin esperar a que te pregunten, dar sin esperar a recibir. No con todos, claro, eso es imposible, utópico, irreal, pero cada uno sabe de quien hablo. 

4. Si no quieres parecerte a Papá Noel, ya sabes, gym y Grecian 2000. 






martes, 11 de enero de 2022

"Tó pa ná"

 


Escuchar la radio mientras voy sólo en el coche es un placer irrenunciable. De la misma forma que la apago en cuanto entra alguien conmigo en el coche, si voy a solas, me encanta la mágica compañía de la radio. Voy cambiando de cadena, buscando la palabra inteligente, brillante. La música también me gusta, pero es la última opción. Ante todo busco escuchar la palabra que aporta, la que sorprende, la que me puede traer una sonrisa, paz y esperanza. Las palabras de enfrentamiento, de luchas y de penas, esas no las quiero. 

Pues el otro día escuchaba la radio en el coche, como digo, y entrevistaron a un sabio, o al menos a mí me lo pareció. Le preguntaron una frase que resumiese "la vida" y respondió: "No te voy a dar una frase, te voy a dar tres sílabas que resumen la vida mejor que cualquier otra cosa: Tó pa ná". Me pareció magnífico. 

Es perfecto, es tan cierto y tan real, que todo lo demás se queda sin sentido. Todo lo que hagamos, lo bueno y lo malo, o lo que no hagamos, nuestros esfuerzos, nuestros miedos, nuestras penas, al final, todo, es para nada. Porque no nos llevamos nada. 

Y si no nos llevamos nada.. ¿Qué razón tiene sufrir por lo que no tenemos? Si al final caminamos hacia la nada, o hacia el todo si tienen razón los que tienen el don de la fe, pierde el sentido no ser generoso, porque el cariño, la palabra buena, la compañía, el tiempo que no compartas en vida, se pierden para siempre y otros te recordarán por no haberlo dado o no te recordarán, que es peor aún.  

Resulta muy liberador asumir que caminamos a la nada, o al todo, porque pierden sentido enfados por cualquier cosa perdida o deseo no alcanzado. Y cobra un sentido nuevo la necesidad de disfrutar el momento, sentirse bueno, en paz y, en la medida de lo posible para cada uno, ayudar. No quites nada, que nada te llevas. Comparte lo que puedas, ríe todo lo que puedas, abraza y disfruta a cada momento. 

Es lícito sufrir, por supuesto, y es necesario el duelo y el dolor en ocasiones. Pero saber que caminamos a la nada, o al todo, pone en su sitio lo que hemos perdido y era verdaderamente valioso, y nos muestra el poco sentido de algunas lágrimas del pasado por cosas innecesarias, por vanidades. por lo que no va a volver, y peor aún, poder llegar a pensar que no fuimos lo suficientemente buenos y generosos con los que queríamos y ya no están. 

Si doy cariño y no me lo quedo, si venzo la pereza de la distancia o el tonto egoísmo, cuando marche, o cuando marchen, no habré caminado a la nada, y quizá al final no sea "tó pa ná" porque me recordarán con cariño. ¿Qué más podemos esperar? 

Alguien se marcha del todo cuando ya nadie le recuerda. Hagámonos memorables. 


 




martes, 4 de enero de 2022

LIII


Muchas gracias por vuestras felicitaciones. Ya son 53. Madre mía. Siempre recordaré cuando era un niño que una tía mía cumplió 40 años y ya me pareció que era una edad de ser muy, muy, pero que muy mayor. Y yo aquí, subiendo. 

Hoy será un día de comer en casa, teatro con la familia y luego, si quieren (que querrán) una hamburguesa. Pero no siempre han sido así. 

De pequeño el cumpleaños era un día especial en las vacaciones de Navidad, entre las uvas y el roscón, y venían a casa mis primos. No era muy dado a tener amigos por aquella época, y la fecha tampoco favorecía invitar a compañeros del colegio, por lo que mis invitados eran siempre Juanjo, Jorge, Angel Pablo y David, y por supuesto mi hermano y compañero de casi todo, Ignacio por aquel entonces. 

Era la antesala del día de Reyes, era un día de bizcocho casero hecho por mamá. Uno de los dos días de juguetes y regalos al año, apenas 48 horas antes del otro día del año de juguetes y regalos. Era un día siempre en la casa de la calle Coslada, atestada de gente, otra vez en días de casas llenas de gente. Juanjo, Manoli, Angel, Puri... papá y mamá. 

Con la adolescencia el cumpleaños pasó a no tener mucho protagonismo, o yo al menos no lo recuerdo. Sin dinero para invitar a los amigos y ellos sin dinero para hacernos regalos. Y a los primos ya los veíamos menos. Días más tranquilos, sin tanto follón, pero con el mismo cariño en casa. Con papá y mamá. 

Con la universidad esto de cumplir años se revitalizó, al menos en cuanto al modo de celebrar. Algo más de dinero y mucha gente conocida y querida. Los compañeros del colegio por un lado, la gente de la universidad por otro, alguna posible conquista con la que celebrarlo de forma individual a ver si el universo me regalaba algo inmaterial, alguna nueva experiencia valiosa... Y también en casa, como siempre, papá y mamá. 

Luego llegó la primera novia y, como ella era asesora de tiempo libre, y como además ella también cumplía en torno a las mismas fechas, pues nada, cumpleaños compartido. Muy divertido por la cantidad de gente que se mezclaba y todo muy bien organizado, faltaría más. 

Me casé (una primera vez) y cumplí 29 años a los pocos meses. Vinieron papá y mamá a comer a casa. Fue la última vez, el último cumpleaños con los dos. 

Tres años después me había divorciado, y en esa noche de Reyes, entre mi cumpleaños y la mañana del día 6 de enero, rodeados de roscones, conocí a la madre de mis hijos. No podía ser en otra fecha. 

Desde que han llegado ellos, el cumpleaños ha sido básicamente una merendola en casa, en la que sometía a mi familia a un nuevo desafío de comer, en una fecha en la que nadie quiere comer. Tartas con velas que cada vez reflejan número más elevados, mis niños alrededor de su padre soplando también la tarta, mi madre que sonríe y hermanos y cuñados haciendo fotos. Lo peor de esta etapa, para mi, el mensajito de whatsapp con el que se soluciona la felicitación, y se pierde la oportunidad de saludar a los amigos que hace meses con los que no hablas, aunque sea por 5 minutos. Al principio lo llevaba fatal, ahora, hago lo mismo. Lo confieso. (Según escribo estas líneas me llama mi hermana Ana para felicitarme y se me encoje un poco la voz y bastante el pecho al oír su "cumpleaños feliz al otro lado. Gracias, no creo en la casualidades.)   

Llegó una nueva etapa, al cumplir los 50, en el que se han juntado varios factores que le han quitado tamaño y brillo social a la celebración: una nueva forma de familia, y todo el proceso previo, el confinamiento ha sido devastador,  y el hartazgo de comer ya es definitivo a esta edad. Pero por dentro sigo disfrutando de este día y leyendo con cariño todo lo que me dicen y me escriben. 

Hoy no trabajo, porque en mi empresa nos dan este día de vacaciones. Creo que es algo realmente bonito y que me gusta contar, por si cunde el ejemplo. 

Hoy será un día con los chicos, teatro y, si quieren, una hamburguesa.  Y en el corazón llevaré a todos lo que les debo algo bueno.